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Una de las más conocidas teorías etimológicas que tratan de explicar el origen de la denominación "Hispania", que nos dieron los romanos, se remonta en realidad a los fenicios, que al parecer se sorprendieron al arribar a nuestras costas y contemplar unas tierras plagadas de conejos, lo que provocó que denominaran como tierra de conejos o "I shphanim", a la península ibérica.
Mucho han cambiado las cosas desde entonces, y donde había una abundantísima población de estos animales, imprescindibles en la cadena alimentaria para gran parte de los seres vivos de la península, ahora nos encontramos con poblaciones reducidas a la mínima expresión, por culpa de todos y de todo; principalmente por las tristemente famosas enfermedades que los diezman en masa y en algunas zonas han causado su extinción: la Mixomatoxis y la Neumonía Hemorrágica Vírica, que importamos en 1988.
En este estado de cosas, por si la especie no contaba con suficientes enemigos, se unen en su contra dos nuevas epidemias. La más letal la de los raticidas que están circulando temerariamente con alegría por nuestros campos, suministrados por nuestra Consejería de Agricultura y Ganadería, en la guerra química contra el topillo campesino. La solidaridad ciudadana y de los medios con los que se juegan el pan nos hace olvidar una mínima cordura ecológica y medioambiental, y nos instalamos en el todo vale contra la plaga. ¿Es que en una sociedad avanzada no hay métodos más racionales que el envenenamiento indiscriminado?
La otra amenaza para los conejos es que determinados sectores agrícolas están tratando de meterlos en el mismo saco que los topillos, para exterminarlos de la misma forma o de cualquier otra que se pueda.
Las continuas reclamaciones por supuestos daños que los conejos producen en las cosechas obligan a los cazadores a pagar o a tratar de reducir peligrosamente sus poblaciones, cazando en momentos no aconsejables y poniendo en peligro el equilibrio ecológico. A veces toca pagar a pesar de haber realizado todos los controles posibles. Y lo peor es que los supuestos daños, en la inmensa mayoría de las ocasiones, según nos informan nuestros peritos, son mucho menores a los reclamados, o tienen una causa diferente, y en todo caso deberían ser compatibles con la agricultura, si esta fuera respetuosa con el espacio que ocupan otros seres vivos que también tienen derecho a estar allí, y a comer.
Muchas veces se reclaman los daños inmediatamente, cuando todos sabemos que lo comido por el conejo normalmente rebrota y se recupera más tarde. Otras veces, al contrario, la reclamación se hace justo antes de que prescriba, cuando ya no se puede verificar por el cazador la realidad o la cuantía de los daños. Otra injusticia en que siempre paga el mismo por los daños que causa la propia Naturaleza.
Antiguamente, nuestros agricultores obtenían unas producciones mucho menores, pero tenían conciencia de lo que era el campo y sabían que tenían que tolerar y compartir el medio con las especies salvajes, sin solicitar su exterminio, como por desgracia está ocurriendo en algunas zonas de nuestra Comunidad.
El alarmismo y la declaración arbitraria de plaga se ha puesto de moda, y se hace especialmente evidente en varias zonas, como por ejemplo en Segovia (zona de Tabladillo, Pinilla Ambroz, etc), donde el sector agrícola, gracias al apoyo de los medios de comunicación, se ha sacado una plaga mediática de la manga a fin de obtener el mayor número de indemnizaciones posible. Todo ello sin dar la oportunidad de que nadie, público o privado, verifique de forma imparcial y contrastada la realidad de estos datos.
Los conejos son necesarios en el campo, y son la base alimenticia de muchas especies, algunas en peligro de extinción, incluido el lince ibérico. Luego nos pedirán dinero también para sostener a estas especies que estamos matando de hambre. No somos quienes para tratar de exterminarlos con la excusa de que causan daños en los cultivos y tampoco podemos admitir que las reclamaciones por este concepto se conviertan en otra subvención directa a la agricultura, esta vez por parte de los cazadores, que supla las que dejen de cobrarse por otras vías.
La avalancha de reclamaciones que se suceden por daños de conejos, normalmente de cuantía desproporcionada, corresponden siempre a períodos graves de sequía y a principios de primavera, cuando la especie empieza a criar y los daños no pueden ser grandes en las siembras.
Es necesario que se imponga la lógica, y no utilizar a las especies animales, sean cuales sean; roedores, pájaros o predadores, como herramientas en la búsqueda de soluciones fáciles para completar rentas, utilizando el alarmismo y la presión mediática, y deformando la realidad.
FEDERACIÓN DE CAZA DE CASTILLA Y LEÓN
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